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Historias y geografías



jueves, 17 de mayo de 2012

Un arco Iris wayú

Por Tomás Betín del Río

Iris Aguilar carga una mochila que no es como las que llevan los caribes que necesitan guardar cosas o como las que se cuelgan los estudiantes que tiran la piedra y no esconden la mano. Su mochila es multicolor y ella misma la tejió, durante semanas, pensando en el caparazón de una hicotea.

“Iris Aguilar” se lee en la etiqueta y dentro guarda el orgullo profundo, humilde y ancestral de haberle mostrado su cultura wayú a los franceses en Francia, a los londinenses en Inglaterra, a los monegascos en Mónaco, a los puertorriqueños en Puerto Rico, a los peruanos en Perú, a los bolivianos en Bolivia, a los venezolanos en Venezuela y a los colombianos en La Guajira y en Bogotá.

Iris lleva en el pelo un arcoiris negro, gris y blanco, de hebras como líneas de hamaca que bajan por su rostro perfecto de etnias milenarias, y que revelan una juventud y una sabiduría que un arijuna (no wayú) no tendría fácilmente si hubiese vivido tanto como ella.

Otro orgullo, evidentemente más importante para ella que su travesía por el mundo, es el de haber trabajado casi toda su vida por su pueblo, creando organizaciones, haciendo convenios con quien se pueda y donde se pueda, para capacitar a los más jóvenes, para impulsar las artesanías y para abastecer de agua a la media Guajira.

Voz de mujer

“Quítense los zapatos” nos ordena Iris a Karen –la fotógrafa- y a mí antes de entrar a un apartamento del norte de la capital. “Es por la alfombra”, nos explicó luego.

Al entrar al apartamento era como si hubiéramos sido invitados a una fiesta infantil, llena de colores, por todas partes, en el piso, la mesa, los muebles. Eran los tejidos de Iris, con esos colores de los que sólo las mujeres saben el nombre, fluorescentes, juguetones, como si estuvieran vivos o tuvieran luz propia.

Se sienta Iris en una silla común de un comedor corriente de otro más de esos apartamentos modernos, pero su presencia de tótem encarnado, de oráculo proverbial, de Sibila de La Guajira, se le sale de su túnica blanca y estrellada como un cielo de la primavera.

“Soy del clan Ipuana, como mi madre, María Úrsula Aguilar, y aprendí a tejer a los 10 años, gracias a ella también, que me encerró, con mis tías y abuelas, dos años y ocho meses, preparándome para una vida futura no sólo en el tejido sino también como mujer”, y luego me explica que el clan de los wayú se hereda de la madre, al contrario de nosotros los arijuna occidentales, que aún los criticamos por sus supuestas prácticas machistas.

Mientras tanto, nos critican ellos por la desfachatez de los gobernantes de Colombia y Venezuela, donde hoy unos 500 mil wayú habitan desde el año 150 antes de Cristo un territorio de casi 30 mil kilómetros cuadrados en La Guajira y Zulia, sin reconocer las fronteras “que dos señores partieron en una línea”.

Porque “los dos mandatarios son pasajeros; nosotros somos de ahí y por eso ellos deben pensar que hay una nación que se llama Wayú, que somos los verdaderos propietarios de esa tierra, que estamos antes que ellos, y por eso tienen que empezar por hablar con nosotros, que siempre hemos sido, además, personas de diálogo. En este tipo de conflictos, por ejemplo, la voz de la mujer wayú es la que tiene que asomarse, porque ella es la doliente de sus hijos y de su nación”.

Tejiendo artesanías que son arte

Iris se fue a estudiar el bachillerato en Medellín, pero pronto la angustió la precaria situación de sus dos hermanos menores, por lo que se devolvió a su pueblo y empezó a trabajar en una droguería sin siquiera saber el significado de la palabra “inyección”.

Tras seis años, se fue a Venezuela a hacer un curso de servicios sociales, donde enseñaban, entre otras cosas, a tejer, pero terminó siendo ella la profesora de 160 alumnos, que al finalizar el curso se vistieron de wayúu.

En Bellas Artes del vecino país, al salir del curso, le montaron una tienda para vender sus artesanías. “Yo no creo que esto sea artesanía, yo creo que es arte, arte indígena, porque no cualquier persona lo hace y cada pueblo indígena tiene su forma de arte”. Entonces, empezó a viajar, a ir a encuentros indígenas, a Bolivia, a Perú, en medio del furor del contrabando y de la bonanza marimbera, y llegaron las entrevistas para los periódicos, las revistas, los premios de las galerías, las invitaciones de un grupo artístico a volver a su pueblo a reconocer su arte y -junto con su organización Yanama (trabajar en conjunto)- a publicar el libro “Pulöwoi” (parte sagrada) y el cortometraje “La Guajira”.

Fue la directora de asuntos indígenas de La Guajira durante 16 años, pero aceptó a regañadientes y luego de un largo tiempo de cortejo del Gobernador, “porque por un sueldo yo no iba a vender mi conciencia, porque yo no representaba al departamento; yo me representaba a mí y a mi pueblo wayú”. Y, al mismo tiempo, era la presidenta de Yanama, que fue la primera organización sin ánimo de lucro en Colombia, y cuya idea era capacitar integrantes de su etnia en diversas áreas.

En la década de los ochentas, se sacó con ella el libro “Wale’ Kerü” (la araña que nos enseñó a tejer) sobre el arte wayú. En los noventas creó la fundación Ayata’ain (trabajo de corazón) para ayudar a La Guajira en asuntos de agua y educación, a través de convenios internacionales y gubernamentales.

Iris, por supuesto, sigue tejiendo y enseñando a tejer, llevando su cultura ancestral por el mundo. Y le siguen haciendo libros, como “Si’ira” (faja wayú), presentado el pasado mes de junio y cuya autora es la holandesa Mirja Wark.

Sigue viviendo en su ranchería de La Guajira, y sigue visitando, como el arco Iris -cuando sale el sol- a Bogotá.


(Texto publicado en el diario El Heraldo, en enero de 2010).

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